El cardenal de las sombras – Capítulo 4

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Paula, más por instinto que por otra cosa, guardó la carpeta en la cartera y tomó su abrigo. Se levantó del escritorio y caminó hasta la puerta de la oficina. Miró desafiante a su jefe. Él seguía de brazos cruzados y no se movió a pesar de que era obvio que ella quería salir de ahí.

—Cuentame. ¿Qué pasó con la monja?

—Nada —respondió ella—, mataron a una monja en Brasil y quería justicia acá. Nada.

—¿Y qué le dijiste? —preguntó él con los ojos entornados.

—¿Qué le voy a decir? Que no se puede hacer nada desde acá. Le di un teléfono de un colega en Río. Espero que lo llame y le sirva de algo. Pero si Brasil es un poco como Argentina, nadie se va a preocupar por una monja muerta en un lugar alejado de la civilización.

Él asintió con la cabeza.

—¿Le dijiste algo más? ¿No vas a tener otra reunión con ella?

Paula negó con la cabeza y dio un paso hacia Gaztizabal, que no se movió de su lugar.

—¿Tendría que tener otra reunión con ella? ¿Para qué? ¿Para sacarle plata?

—Es un cliente pro-bono, Paula. Eso es obvio —respondió él.

Ella se encogió de hombros y extendió la mano para moverlo del umbral de la puerta.

—Tengo un trámite que hacer. Permiso.

—Acabas de llegar, y encima bastante tarde —la retó su jefe.

Ella volvió a encongerse de hombros.

—No tardo, pero tengo que salir.

Se fue caminando, aferrada a su cartera.

—Necesito la carpeta Paula, es urgente —gritó el hombre antes de que ella tocara el botón para llamar al elevador.

—La dejé con alguna secretaria. Ya te lo dije —respondió ella, dándole la espalda.

Apenas salió del edificio, metió la mano adentro de la cartera, como si necestiara asegurarse de que la carpeta todavía estaba allí. Se preguntó por qué no se la había devuelto a Gaztizabal, y supo que era una pequeña venganza contra su jefe. Quizás la única que iba a poder disfrutar.

Paró un taxi y le dio una dirección en microcentro. El taxista no le dirigió la palabra en todo el trayecto y para ella fue un alivio porque no tenía la más mínima ganas de hablar. Miró por la ventanilla con la mente en blanco y veía pasar los árboles uno tras otro sin salir de esa letanía en la que se encontraba sumergida. Finalmente llegaron a destino y ella le pagó y se bajó sin siquiera saludar.

De pie, frente al edificio al que se dirigía, suspiró. Se dio cuenta de que estaba cansada, pero no era solo eso. Había una sensación de tristeza que la asolaba hacía días y no lograba desprenserse de ella. Sacudió la cabeza para volver a la realidad. Se acercó a tocar el timbre en aquel edificio viejo.

Sabía que Ángel Pino se iba a sorprender con su visita y, a decir verdad, ella también estaba un poco sorprendida. Pero no se le ocurría a quién más recurrir. Su ex jefe era una de las personas que más sabían de derecho internacional. Si había alguien que iba a tener una opinión sobre el caso de la hermana Restituta, era él.

Tocó el timbre y esperó. Nada. Volvió a tocar el timbre y volvió a esperar. Tocó el timbre por tercera vez, no estaba dispuesta a irse sin hablar con Ángel.

Veinte minutos después, se escuchó la voz del hombre por el portero eléctrico.

—¿Quién es? —su voz sonaba más nasal de lo que era con la distorsión del aparato.

—Ángel, soy yo.

No hizo falta decir otra cosa, se escuchó el ruido de la puerta abriéndose. Paula ingresó al lugar y, mientras caminaba, pensaba en todos los años de trabajo que habían compartido. Y, sin embargo, aquella era la primera vez que pisaba su casa. Subió al primer piso y tocó la puerta. Le pareció que otra vez se estaba demorando demasiado.

Cuando la puerta se abrió vio a Ángel Pino como nunca antes lo había visto. En pijama.

—Me hubiera cambiado, pero no me diste tiempo. ¿Qué pasó?

Ella se rio entre dientes y entró en al piso. Como si ya lo conociera, se dirigió a un sillón y se desplomó allí. Comenzó a hablar sin preambulos. Le contó absolutamente todo lo que había pasado, incluído el encuentro de la noche anterior. Cuando le habló del caso de la hermana Restituta, notó que él cambiaba el semblante y se removía, nervioso, en la silla.

Cuando terminó de hablar, se quedó en silencio, esperando que él dijera algo. Al ver que no obtenía respuesta lanzó un suspiro, fastidiosa por la falta de reacción de él.

—Bueno, el principio de justicia universal es una de las cosas más controversiales del derecho moderno –carraspeó—, bueno, eso según un jurista muy respetado… o sea yo. —Se rio.

Ella se mordió el labio.

—Por algo ni EEUU, ni Rusia ni China lo reconocen —continuó él.

—Y sí, no les conviene.

–Como sea, es un tema muy interesante —se puso de pie y se dirigió a la cocina. Tenía unas ganas irrefrenables de tomar un café y Paula sabía que eso era bueno, porque la cabeza de Pino necesitaba cafeína para pensar. Siempre había sido así. Ella fue, silenciosa, detrás de él.

Encendió la cafetera y buscó unas tazas en la alacena. A Paula le resultó gracioso verlo en pijama, pantuflas y despeinado. Pensó que hasta unos meses, siempre lo veía con un traje impecable. Jamás lo había visto desprolijo. Le costó reconciliar ambas imagenes, la que recordaba y la que veía. Se preguntó si dejar el trabajo lo habría llevado a una especie de depresión. O simplemente era muy temprano para un jubilado reciente.

—Principio de justicia universal —repitió él, como si estuviera hablando solo. Ella pudo adivinar que él sonrió y sonrió también.

—¿Y? ¿Tenemos posibilidades? —preguntó ella, ilusionada.

—No —él giró de repente y la miró—, pero un buen abogado puede hacer cualquier posible lo imposible. Y dos, ni te cuento.

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