Era una tarde de invierno de esas que solo pueden ser una tarde de invierno. El sol aparecía,
tímido y muy de vez en cuando, detrás de unas nubes esponjosas que decoraban el cielo.
Era uno de esos días tan fríos donde no volaba ni una mosca. Bueno, casi ninguna mosca,
pero ya van a darse cuenta de eso más tarde.
Inés miraba por la ventana, mientras comía unas ricas medialunas, sentada en su silla
preferida. Masticaba sin parar las facturas caseras calentitas y pensaba en qué iba a hacer
esa tarde tan fría. Sabía que su mamá no la iba a dejar salir a jugar al jardín. Tampoco la iba
a dejar mirar televisión toda la tarde. Mucho menos la iba a dejar correr por la casa o jugar a
las escondidas en el living. Y ya le había avisado que hacía mucho frío para ir al festejo del
aniversario del pueblo donde, para colmo de males, iban a estar todas sus amigas. Y no solo
sus amigas. También iba a estar su cantante preferido, Roby Roberto. Y eso a Inés la enojaba
mucho ya que ella era la única de sus amigas que no tenía permiso para ir al festejo. Y entre
el frío y su mamá y no sabía cuántas cosas más, ya estaba de mal humor esa tarde.
Inés, con mucha razón, frunció el ceño.
Y de repente la vio. Una mosca vino volando directo hacia ella. Ella se sorprendió tanto al
ver a esa bolita negra y alada acercarse, que se sobresaltó y soltó la medialuna que tenía en
la mano. La medialuna cayó al suelo y rodó. La mosca, como si estuviera hipnotizada por ese
pedacito de masa, cambió el rumbo de su vuelo y se dirigió al suelo. Se posó sobre el
almíbar y allí se quedó unos segundos que a Inés le parecieron infinitos. Ella se acercó y se
agachó para observarla mejor. La mosca, satisfecha, levantó vuelo y siguió su rumbo. Inés
no se dio cuenta, pero el animalito giró la cabeza antes de irse y la miró. Mientras seguía
volando y agitando sus alas en el aire frío de la tarde, la mosca se preguntó por qué esa
nena tendría semejante cara de preocupación.
Inés abrió la puerta del patio, entre resignada e indignada. Si no iba a poder comer la última
medialuna al menos iba a ir a correr un ratito al jardín hasta que los gritos de su mamá la
obligaran a entrar. La mosca aprovechó y salió al jardín detrás de ella.
Voló unos metros, pero se sintió cansada. Se dijo a sí misma que, quizás, era hora de un
descanso, volar con el frío le empezaba a molestar. Y dobló a la izquierda, donde ya había
visto que había una ventana entreabierta. Y hacia allí fue, volando rápido para que no se le
congelaran las alitas.
La mosca entró por la ventana de la cocina.
—¿Qué hace una ventana abierta con este frío? —gritó la mamá de Inés mientras se
abrochaba el saco que llevaba puesto.
La mujer cerró la ventana de un golpe. La mosca se sobresaltó y miró a la mamá de Inés. Y
justo en ese momento, la mamá de Inés también miró a la mosca. La mujer se transformó.
Se sacó un zapato y empezó a correr. Inés escuchó un grito, entró a la cocina y miró a su
madre con cara de preocupada.
¿Qué bicho le habrá picado a esta mujer?, se preguntó la niña (y también la mosca mientras
trataba de acelerar su vuelo para que evitar que la señora desquiciada la golpeara). La
mamá de Inés seguía corriendo y bamboleando el brazo en alto con un zapato amenazante.
Pero era imposible tomar por sorpresa al insecto así que, muy decidida, se fue a comprar
insecticida al almacén.
Ya en la calle, la madre se enojó consigo misma por no haberse puesto la campera abrigada
mientras caminaba rapidito las cuadras que la separaban del almacén. Allí entró, sin saludar
ni siquiera a la almacenera, que la miraba extrañada. Que raro que la señora Irene no me
saludó. Algo le debe haber pasado, pensó. Y mientras se imaginaba las situaciones
problemáticas de Irene, ella apoyó dos aerosoles mata moscas sobre el mostrador. La
almacenera le sonrió, pero Irene no podía dejar de pensar en la mosca. Así que apenas
pagó, desapareció del lugar tan rápido como si volara.
La almacenera se quedó, malhumorada, pensando en lo maleducada que era la señora Irene
que no se había molestado en mirarla mientras le daba el vuelto. O saludarla. Y mientras
mascullaba palabras de enojo en su mente, vio como una ancianita venía caminando lento
hacia el mostrador. La ancianita le sonrió, pero la almacenera no podía dejar de pensar en la
desagradable actitud de Irene. Y mientas la viejita le extendía la bolsita de pan para que
pudiera cobrarle, la almacenera ni siquiera la miró para devolverle la sonrisa.
La viejita tomó su bolsa de pan y se fue, pensando en que el país estaba perdido si todos
trabajaban tan a disgusto.
Enojadísima con la almacenera, cruzó la calle sin mirar. Un auto que venía bastante rápido
tuvo que frenar de golpe. El muchacho que manejaba golpeó el volante y giró la cabeza
hacia el asiento del acompañante. Pero el asiento del acompañante estaba desierto, vacío,
completamente solitario. El muchacho abrió los ojos como platos y volvió a golpear el
volante. Miró hacia el piso del auto, justo debajo de la guantera. Y allí la vio. La torta de
cumpleaños de su esposa. O lo que quedaba de ella. El baño de crema que la recubría ahora
recubría la alfombrita del auto. Las cerezas que la decoraban… bueno, las cerezas parecían
haberse esfumado. Solo logró ver dos, de las veinte que sabía que debían estar allí. Las velas
también habían volado y las flores de azúcar ya no tenía forma de flor y eran un simple
amasijo de azúcar rosada.
El conductor del auto se desesperó y ni siquiera miró a la viejita que recién terminaba de
cruzar la calle. Aceleró el coche y se fue, directo a la panadería para conseguir otra torta
antes de que su mujer se enterara que su hermoso pastel había terminado estampado
contra el piso del auto.
A los cinco minutos llegó a la panadería. Se bajó del auto corriendo, sin siquiera cerrar la
puerta. Miró el reloj. El festejo de su esposa ya había empezado y en cualquier momento iba
a empezar a sonar su teléfono celular para preguntarle dónde se había metido. Y como el
festejo de su esposa coincidía con el festejo del aniversario del pueblo, siempre tenía muy
pocos invitados. La falta de una torta no era un hecho que podía pasar desapercibido.
Entró, sin pensar en nada más que en lograr su objetivo. Y entró tan rápido y tan
malhumorado que se llevó por delante al hombre que estaba saliendo de allí. El hombre
patino y cayó al piso despatarrado y gritando como un loco.
—¡Mi pierna, mi pierna! —seguía gritando mientras la panadera se acercaba a auxiliarlo—.
¡Qué dolor!
El hombre le pidió disculpas y se agachó. Recién entonces lo reconoció. Había hecho
tropezar a Roby Roberto. Y Roby Roberto parecía lastimado, muy lastimado. Tan lastimado
parecía que a la panadera no le quedó otra opción que cerrar la panadería y llevarlo a la sala
de primeros auxilios.
Ya en la sala de primeros auxilios le confirmaron lo que parecía muy obvio. El tobillo estaba
fisurado y necesitaba reposo absoluto. La panadera llamó al intendente. Tenía que avisarle
que la estrella del festejo se había estrellado contra el suelo y no iba a poder cantar.
El intendente no dijo nada. Tragó saliva y miró a la muchedumbre que lo rodeaba. Se
preguntó cómo le iba a decir a toda esa gente que Roby Roberto no iba a cantar esa tarde. Y
mientras pensaba las mil y una excusas para decir en voz alta, una mosca se le paró en la
punta de la nariz.
La mosca no se movió. Y mientras miraba fijo al señor que le había prestado la nariz para su
aterrizaje, se preguntó por qué todos en el pueblo estarían de tan mal humor. Quién
entiende a los humanos, pensó antes de seguir viaje en medio de la tarde fría.
© 2023 – Cecilia Barale
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